viernes, 1 de octubre de 2010

unas palabras para ginger love
que todas las noches se acuesta en el amor
con dos lunas como mejillas
la saliva de brillantina
y estrellitas doradas de macramé

unas palabras para ginger love
que todas las mañanas despierta
con el rubor cansado, las pestañas perdidas
y los ojos cuajados.
la sábana cada vez más pesada.

domingo, 16 de mayo de 2010

El Jardín

El viejo está todo vestido de blanco, porque hace calor; pero sus ropas están gastadas y bastante sucias. Por otra parte, aunque estuvieran nuevas y planchadas, igualmente le colgarían de los huesos, como le cuelga la piel gris y amarilla de las mejillas y el cuello; incluso la nariz está contraída, signo de muerte, y los ojos vidriosos ya no tienen expresión. De hecho son las facciones de alrededor, y sus propios movimientos, los que dan expresión a sus ojos, y el viejo no puede mover los huesos de la cara, salvo la mandíbula, que a veces deja caer y no se acuerda después de levantarla.
La niña que está sentada a su lado chupa un caramelo en barra; es una niña rozagante, gordita, con los ojos profundamente inexpresivos, en su caso por las facciones alrededor de los ojos son demasiado gordas. El viento es placentero, a pesar del calor del sol; sobre sus cabezas pasan las nubes blancas como la espuma de jabón en el río. El viejo ha apoyado el brazo enjuto en el hombro de la niña, y con la mano le acaricia los pezones incipientes; la niña chupa el caramelo, verde como los lentes de un emperador. El hombre moribundo dirige la mirada hacia las piernas de su compañera, una mirada no vacía sino grave y blancuzca, saliente y casi separada del cuerpo; y poco a poco, con la otra mano, levanta la pollerita plisada. La niña mira la mano, sonríe distraída, siempre chupando; de pronto se levanta, da un salto, dice “me voy”, y se va corriendo, sin pensar en nada. El viejo permanece en la misma posición, la mano huesuda cuelga todavía del respaldo de la silla, los ojos ahora están fijos en un árbol, sin pensar en nada.


Juan Rodolfo Wilcock.
Cuento del libro El estereoscopio de los solitarios, (Lo stereoscopoi dei solitari, Adelphi Edizioni, Milán, 1972)

lunes, 12 de abril de 2010

AMOR MÍO

La pereza, estado monocromático.
Fumás un cigarrillo
el papel, el filtro, el pellejo
de los dedos

Las piernas, sus venas como látigos
dictan telegramas de cemento.
Te lavo los pies
con labios cosidos.

La panza, diosa de cabecera
olvida tu forma y croa
y revuelve ranas pardas.
Escupís fuego por la boca
y tiras la correa de tus esclavos.

jueves, 18 de marzo de 2010

LA JAULA

Las luces del colectivo número 65 hacia Belgrano resaltaban en la negrura de la calle. Los árboles, que en la oscuridad se veían no porque la imagen chocase con el iris si no porque los conocía, sabía que estaban allí, impávidos, y ese recuerdo se transformaba en sus figuras, creaban sombras dentro de sombras. El ruido a motor crecía, mientras las luces se volvían más nítidas, cambiando esa expansión borrosa sobre sus líneas que crea la distancia.
Ocho pasajeros me recibieron (sin contar al chofer y sus ojeras, que le daban un aspecto lúgubre y antipático). Para algunos, eran las seis de la mañana de un jueves. Para otros, la oscuridad era una continuación de la noche.
El colectivo era moderno. De esos que parecen de plástico. En la mitad, un amplio espacio y en el suelo, un dibujo que indica su función reservada para minusválidos. Los asientos comenzaban de la mitad para atrás. Justo después de la puerta principal de bajada. Eran de dos en dos, separados por un delgado pasillo que desembocaba en otra puerta de bajada, ésta más pequeña. Había, a su vez, otros asientos más cercanos al chofer, que miraban hacia el costado, hacia atrás y hacia delante, como si estuvieran únicamente reservados para policías o vigilantes, cuya función al subir sea la de asegurar un viaje afable y sin contratiempos.
En el primer asiento, justo cuando termina la puerta, un hombre joven dormía apoyando su cabeza en la ventanilla, usando una gruesa bufanda blanca como almohada. El frío matinal se filtraba por los bordes metálicos de las ventanas. Frente a él, en uno de los asientos para vigilantes o policías, otro hombre, calvo y de prominente panza, dormía con los brazos cruzados, apoyando su barbilla sobre el pecho, sin otro abrigo que una remerita azul.
Las únicas despiertas en el colectivo eran cinco mujeres. Con excepción de una señora de pelo negro abundante, vestida con un sweater rosa, que masticaba velozmente, casi sin saborear, un alfajor, y que luego de tragarlo, no sin dificultad ya que el alfajor de maicena vuelve la garganta un desierto, apoyó su cabeza en el vidrio y se unió al grupo de los durmientes. El resto de las mujeres se veían jóvenes y se adivinaban estudiantes. Tres de ellas leían y marcaban sendas fotocopias, mientras que la restante miraba el vacío de las calles al que llenaba con la música de su MP3.
El colectivo no frenó hasta la décima parada, en Juan B. Justo y Muñecas, algo que parecía hacer de forma caprichosa. Una pareja joven subió, cortando el silencio del colectivo con mayor fuerza que la débil música que dejaba escapar el MP3 de la estudiante. Él, que vestía traje gris y corbata azul oscuro, mostraba una expresión acorde con su ropas, y a pesar de que se esforzaba por esbozar alguna sonrisa cuando ella le hacía algún comentario simpático que, para mi gusto, carecía de la suficiente gracia como para ser contado con el entusiasmo que ella le imprimía a sus opiniones, volvía casi al instante a ese rostro más acorde al de una estatua de algún mártir italiano que al de un muchacho. Ella no paraba de hablar, inundando el colectivo con una voz aguda que iba creciendo a medida que las calles se sucedían, largando de tanto en tanto una risotada aguda que hacía voltear en su dirección a las estudiantes, desviando así su atención de las fotocopias, frunciendo el seño, girando la cabeza negativamente, apretando el labio con los dientes y lanzando un suspiro fuerte, que intentaba inútilmente callar a esa mujer. Yo sólo los miré cuando entraron y luego dos veces más, como una respuesta impulsiva a sus carcajadas. Pensé en un pájaro, rosa y amarillo, picoteando el cráneo de una de las estatuas del Parque Rivadavia, abriendo un hueco en la piedra, y anidando dentro, cerca del oído. El pájaro le hablaba a la piedra, criticando a otras aves, enfocándose especialmente en una, un cuervo decía, envidiosa la llamaba. Luego bajaba su voz para subirla de inmediato, inundando el parque con su canto agudo que taladraba los oídos. La estatua escuchaba paciente, sin mover un músculo, salvo practicar alguna mueca en respuesta casi obligada a su risa y acompañar con un leve movimiento afirmativo de cabeza cuando el pájaro le decía que no tenía que hablar con las otras aves, ni dejarlas posarse en su frente.
Cuando se estaban por repetir los temas de conversación entre ellos, la estatua, con gesto adusto le indicó que había que bajarse. Se levantaron. Primero el pájaro, luego él, y caminaron por el pasillo angosto, mientras un cortejo de miradas reprobatorias al principio y de alivio después, los seguía. Él tocó el timbre, suave, pero con intensidad suficiente como para que se escuche. Sin embargo, el colectivo no paró. Ella enseguida gritó y tocó el timbre con insistencia, obteniendo el mismo resultado. Observé a la estatua cambiar por primera vez la expresión, frunciendo el ceño, entrecerrando los ojos. Ella en cambio hizo lo contrario, abrió grandes esos ojos saltones, casi amarillos por la tenue luz del colectivo, y el ángulo de perfil con que la pude ver me regaló una imagen de ella mucho más cercana a un ave que su voz. Enseguida fueron a hablar con el chofer, increpándolo por haberse pasado de parada. El conductor, al principio no les contestó, hasta que soltó un grito que despertó por un momento a los que dormían. Las estudiantes, que habían dejado de leer las fotocopias, prestando más atención a lo que sucedía con la pareja, casi saltan del asiento. A una se le cayó el marcador y casi agazapada para no pasar inadvertida, salió de su asiento, agarró el marcador, y se incorporó a su lugar, todo prácticamente en un solo movimiento. Los durmientes se levantaron, miraron un poco el panorama y volvieron a sus sueños.
La pareja en cambio, retornó a su lugar en silencio. Los dos tenían el mismo gesto, mezcla de sorpresa, asombro y temor. Se sentaron casi mecánicamente, mirando sus zapatos. Luego de un rato, los dos se durmieron.
Nadie subió en el resto del trayecto. Sin embargo, en algunas paradas, caprichosamente y sin que nadie lo indicara, el colectivo frenaba.
Sólo las mujeres pudieron abandonar el barco. Una a una fueron cayendo a la ciudad virgen, dejando la semipenumbra del colectivo. Luego del incidente con la pareja, se miraron, incluso conmigo hubo miradas de asombro, locura. Casi sin hablar decidieron bajarse en donde sea. Primero una que aprovechó uno de los caprichosos frenos del colectivo, sin tocar el timbre, se abalanzó hacia la puerta, y con esfuerzo la abrió manualmente. Me sorprendió la medida desesperada y poco ortodoxa, reprochándola al principio, pero agradeciendo el viento frío que llenó por un momento el colectivo, renovando el aire denso que respirábamos, ya que por costumbre no se abren las ventanillas en invierno.
La huída de la chica inspiró a las otras, que poco a poco fueron dejando el colectivo, para caer en una ciudad desconocida, gris y llena de sombras. Al bajar y caminar unos pasos, las chicas imitaban a los ciegos, andando a tientas, estirando los brazos, tanteando el suelo con los pies. Parecía como si hubiesen decidido caer al vacío de una ciudad que aún se acurrucaba en sus sábanas en vez de viajar con el resto de nosotros a la cocina para hacer el desayuno. Yo prefería las tostadas con manteca, y me acomodé en mi asiento, seguro de que la locura acabaría en la Terminal.
Junto con el chofer, éramos los únicos que pestañábamos. Los dos hombres, la mujer del sweater rosa y la pareja, dormían, incómodos, apoyando sus cabezas en la ventanilla, o sus barbillas en el pecho. Movían la boca para el costado, como si mantuvieran una conversación en los sueños. Y cada tanto, sin abrir los ojos, se estiraban y volvían a la misma posición. Comenzaron a hacer estos movimientos de a poco y casi al mismo tiempo. Parecía una sinfonía silenciosa, donde los cuerpos de estos pasajeros hacían las veces de ejecutantes e instrumentos.
La oscuridad de la ciudad había provocado que no me percate del viaje en absoluto. Al mirar por la ventanilla, con esfuerzo, pude descubrir la Iglesia de Caacupé, aprovechando que el colectivo había frenado en un semáforo. Dudé, pero finalmente me levanté del asiento. Acompañado de una serie de muecas y estiramientos ciegos por parte de los durmientes, fui a preguntarle al chofer como era posible que estemos pasando por la Iglesia de Caacupé si ésta queda dos paradas antes de la parada donde tomé el colectivo. El conductor no se dignó a contestarme. La luz roja del semáforo parecía tener en él un efecto hipnótico, como si fuese la primera luz que veía en mucho tiempo. La observaba fijo, abriendo levemente la boca. Las ojeras del chofer escondían el brillo que se adivinaba en sus ojos, que parecieron abrirse más cuando cambió el rojo por el amarillo, y luego por el verde.
Volví a sentarme, esta vez, mirando hacia la calle. Las luces tenues del colectivo reflejaban el interior de él en el vidrio convirtiéndolo casi en un espejo. Después de un largo tiempo de estar mirando fijo por la ventanilla, la resistencia del reflejo comenzó a ceder y pude observar la calle, negra, vacía. El recorrido de la línea 65 era el correcto, pero lo hacía en círculos. Iba y venía, sin frenar en ninguna terminal.
Me quedé en silencio, mirando los edificios, las calles, los árboles que pasaban de largo, y al cabo de un rato, volvían a repetirse exactos, conformando un paisaje monótono en el cual, sin embargo, descubría detalles nuevos; y pensando cuanto es lo que tardaría para convertirme en una nueva grieta de ese espectáculo gris e invariable. El colectivo seguía su interminable marcha y yo me acurruqué en el asiento. Hacía frío y ya me estaba agarrando sueño.

martes, 29 de diciembre de 2009

SÁMARA PASANDO JUNTO A LA HIERBA

Sixto arrastra los pies sin levantar la vista de la vereda. El amanecer se refleja en su rostro, volviéndolo amarillento. Parecía enfermo. ¿dónde estás Saratina?. Encendedor de mierda ¿Dónde hay un kiosco? Ah. Dame un encendedor y unos chicles para el pibe, dice en voz alta. El encendedor es rosa y se lo queda mirando por un instante mientras buscaba monedas en el bolsillo de su saco, pero no pide otro. Se prende un negro. Chau.
Emboca la llave en el primer intento y mira para los costados con una media sonrisa. Abre la puerta con ímpetu renovado, pero cuando se cierra, el atardecer amarillento en su rostro es preámbulo de la oscuridad del hall del edificio, y vuelve a mirar sus pies. Una hojeada al espejo. Una es suficiente.
La casa huele a humedad y encierro. Las dos únicas ventanas hace tiempo que están cerradas, aunque recién cuando se rompió la correa de la persiana sintió necesidad de luz natural.¿Dónde se metió el pendejo este?
Va al cuarto, se saca los zapatos y se sienta en la cama. Encerrada en el cajón de la mesita de luz está la única foto que queda de Saratina. Ella, sentada en la copa de un cerezo, con un jean gastado y una remera y el pelo color sepia, sonriendo con Luca en brazos y sus dientes, que son lo único blanco que queda en esa imagen.
Va al baño. La camisa abierta. La panza liberada choca con la pileta mientras, con el último resto de ternura se quita el peluquín, lo limpia, le observa las casi inexistentes imperfecciones que sólo encuentran los que guardan su dignidad en un objeto y lo ubica en su lugar. Sixto se mira casi de casualidad en el espejo. Una mirada es suficiente.
Abre la canilla y se lava la cara obsesivamente. Todos los días lo mismo. Cada vez que vuelve, la foto de Saratina parece brillar con más fuerza. ¿culpa de qué?¡Por dios, hace cinco años que estás muerta! La saliva de Sámara sigue siendo espesa y abre la ducha.


Sámara Deseo muere en la hierba con los pies mojados; la colilla de los dedos aspirados es ceniza; Delirio dobla las piernas suda veneno quema los huesos; Sámara Deseo sola en la hierba; Delirio solo en la noche.


Sixto cierra el agua fría y se queda un rato bajo el agua hirviendo de la ducha. Los senos de Sámara, desproporcionadas por el recuerdo, aparecen y desaparecen cada vez que una gota de la ducha toca y salta de su cuerpo. Aparecen otra vez los fierros, el movimiento, los pies pequeños, las tetas gigantes, todo empañado por el agua de la ducha. Sixto recuerda los movimientos de Sámara, su contorno bajo su lengua, sus gemidos. Saratina se cuela de golpe en los recuerdos, su sonrisa en el cuerpo de Sámara. Sixto imagina una Sámara-Saratina, como una diosa griega, parada desnuda en una roca que sobresale de la hierba, mirando al horizonte y él, que la contempla arrodillado. Y explota cuando los ojos de Saratina se clavan en él. Respira con fuerza. Se calma. Perdón.
Cierra la ducha y Saratina-Culpa lo invade de nuevo. Busca un cigarrillo en la cocina. No me deja en paz. Sentado en la mesa de la cocina ve una sombra en el living. Al fin llegó el pendejo este. Se levanta apresurado, pero antes, busca algo con que pegarle. Se decide por una sartén que tiene el fondo quemado. En el living la sombra no está. No hay nadie. Parece ser que nunca haya habido nadie. Una brisa le hiela la nuca, se da vuelta y ve a la sombra dividirse en dos y entrar, una al cuarto, la otra al baño. Deja la sartén en el suelo, abre la puerta y descubre a la Muerte desnuda en la bañadera. Sixto, de frente a la bañadera y de espaldas a la puerta. La Soledad salió del cuarto y se puso detrás de él para hacerle masajes en el cuello.
El cigarrillo se consumió sólo y Sixto paseó de la mano de Saratina por un campo de cerezos.

jueves, 1 de octubre de 2009

(Viene de http://agusclemente.blogspot.com/)

- Ajá… si. ¿Algo más?
- Si bueno, ahí me despierto, con la gota caliente.
- Ok. Bueno. Entonces, usted quiere congoja.
- Si…. Eso creo. Lo que pasa que yo me despierto con una sensación…
- Si, si, está bien, no hace falta aclarar. Dígame Sánchez ¿Es soltero?
- No, separado. Pero que tiene…
- Le tengo que hacer la ficha Sánchez. Por favor dígnese contestar.
- ¿Hijos tiene?
- Si, dos. Una parejita.
- ¿Ocupación?
- Martillero público
- ¿Remuneración?
- Bueno, me parece que no viene al caso…
- ¿Cuál es su problema, Sánchez? Usted viene acá, con ese sueño que le hace sentir una sensación que ni siquiera usted es capaz de explicar… ¿¡Quién es el director!? ¡Tengo que saber cuanto gana para conocer de qué armas dispongo!
- Está bien hombre, no se enoje… 2.500 pesos.
- Está bien. ¿Sus padres viven? Y disculpe, tuve un día complicado. Una mujer vino con que quería felicidad… no se imagina todo lo que tuve que trabajar. En fin, ¿Estado de sus padres?
- Ambos murieron.
- ¿Le gusta su trabajo?
- ….
- Su trabajo ¿Le gusta?
- Y… si… que se yo… es un trabajo.
- Ok. Indefinido.
- Descríbame a sus hijos en pocas palabras.
- Bueno, el mayor se llama Juan, tiene 13 y la otra es Florencia, de 9.
- …
- Eh… a Juan le gusta el fútbol… es hincha de Ferro, como su abuelo... A Florencia…
- Está bien, está bien, deje nomás. Ya estamos listos. Véngase en una semana exacta, a la misma hora y comenzamos. Congoja me dijo, ¿verdad?
- Si, si. Congoja.

Rímini se enderezó y con un empujón acercó la silla al escritorio de madera, mirándolo por primera vez. ¿Cómo la quiere?, preguntó. El rostro de Sánchez, redondo y rosado, se expandió, abriendo los ojos, levantando las cejas. Hablamos de profundidad, respondió el director a ese gesto impávido de Sánchez. ¿Hasta dónde quiere llegar? ¿Una sensación más superficial, o una verdadera congoja?Hasta el llanto-, respondió Sánchez.
Sánchez se levantó de la silla de un salto y sacudió la mano del director. El traje verde oliva que llevaba, gastado por el uso y con una mancha roja en la solapa, podría usarse, pensó Rímini. Pero ya veremos mañana.

Los dedos esquivan la lamparita de luz, rastreando el sonido, cada vez más agudo y fuerte. La luz se filtra por alguna hendidura del cuarto, y esos dedos, que tambalean dormidos aún, divisan el despertador. El hombro se aplana, el brazo se tensa y los dedos se alargan, llegando a rozar con la yema del mayor la pantalla que marca las 7:30 AM. El brazo se contrae en un solo movimiento y se queda entre la cama y el pecho, acompañando el suspiro de fastidio. Luego de unos segundos, el cuerpo, aún con su sombra en el reino de Morfeo, se mueve de prisa y la mano, que antes y con delicadeza acariciaba la pantalla del despertador, ahora se vuelve un instrumento de venganza.
La luz invade el cuarto, golpea los ojos y se aleja: el instinto le hace cerrarlos en busca de la conocida oscuridad. La luz lo lastima al principio y los ojos permanecen cerrados más tiempo que de costumbre. Lo desconocido siempre lo hizo sentir incómodo.
Negro, espeso. El café estaba más fuerte de lo normal. Se quedaba en la garganta, empujando por salir, pero igual lo tomó sin inmutarse. Comió lo que quedaba de una factura de ayer y s sentó en el living, frente al televisor, mirando su imagen que se formaba por el choque del sol en la pantalla negra del televisor.
Rímini, director de sensaciones olvidadas. Tel. 4958-4354. Nunca le gustó esa tarjeta. “Sensaciones olvidadas”… ¡Si nadie nunca sintió algo! Rímini sacudió la cabeza y tomó un sorbo de esa pasta negra, espesa. Miró su imagen en el televisor y se dispuso a crear la escena para Sánchez…

Sigue mí amigo personal Juan Manuel Fontán en http://lopiensodemas.blogspot.com/

miércoles, 16 de septiembre de 2009

DOMINGO EN FAMILIA

Era uno de esos días en que parece que se viene el mundo abajo. Las nubes tapaban el cielo como un parche gigante, amenazando con llover. Un domingo más, otra reunión familiar. Mis hermanos y yo íbamos a las once de la mañana a la casa de mi abuela, que ahora usa mi hermana mayor, con abuela incluida. La comida era siempre la misma, fideos con tuco. No importaba que hiciera calor, ni frío, ni si subía el precio, ni si bajaba. Ni siquiera si Italia desaparecía del mapa. Llegué pasadas las once. Aunque estaba listo hacía rato para poder llegar en punto, hace años que aparezco a las 11:20, y no nos gustan los cambios. Me esperaban mi hermana y mi madre, que corrían para todos lados, gritaban, daban órdenes, como si el almuerzo, después de tanto tiempo de hacer lo mismo, no se lo hubieran aprendido de memoria. Me senté en el lugar de siempre, junto a mi hermano menor, que todavía vive con mi madre. Enfrente mío estaba mi hermana mayor, y al lado suyo mi vieja, (aunque en realidad nunca se sentaba, porque andaba trayendo cosas de aquí para allá).
En una de las cabeceras, como siempre, mi padre, que si no fuera porque cada tanto pide la sal, creería que también está muerto. Finalmente en la otra cabecera se sienta mi abuela. Todos los domingos se realiza el ritual de ayudarla a sentarse. Y siempre es mi hermano menor el que la ayuda. Él la quiere mucho y como no nos gustan los cambios, se adueñó de esa tarea. Mamá trajo los fideos en la fuente de siempre, los sirvió en la vajilla de siempre, en el mismo orden de siempre, mi abuela, mi viejo, mi hermana, yo y mi hermano. Empezamos a comer. El gusto de los fideos trata débilmente de contrarrestar el olor a muerte que inunda la casa y que impregna la boca. La miro a mi abuela y le sonrío. Ella me devuelve esa cálida sonrisa cadavérica. Hace dos años que no habla, ni come los fideos, ni toma el vino blanco que mamá le compra.
El ruido de la lluvia, convertida en diluvio, silencia los choques de cubiertos y comemos sin sonido, sin escucharnos y sin levantar la vista del plato. Lo único que se siente es el hedor que emana de mi abuela, pero supongo que en algún momento, también a eso nos vamos a acostumbrar.

martes, 18 de agosto de 2009

SERPIENTE

Las grietas bailan como
nido de serpiente.
Las paredes grises
mudan la piel / cae el agua
el rocío estalla
dentro de un anillo


La serpiente se arrastra
se derrumban las torres
del Valhala de cera / cae el agua
el fuego se ahoga
sobre otro anillo

Un nuevo kilómetro de círculos
verdes poemas, vuelven
con anillos más afilados / cae el agua
se escurre de los anillos
ahogando a los muertos

El rey serpiente mira
ojos rumiando la espera / crujen
los huesos de las casas

martes, 21 de julio de 2009

SALTANDO CÚPULAS Y TERRAZAS

Lucas se acomoda en el último asiento del colectivo. Está cansado. Salió de su trabajo más tarde que lo correspondiente, y para colmo, su nariz le picaba producto de alguna alergia contraída en estos días de frío veraniegos. Es entonces que Lucas, harto ya de rascarse compulsivamente con la mano derecha la única nariz que tiene, frente al vidrio del ómnibus levanta la cabeza y observa las cúpulas y terrazas de Buenos Aires, olvidadas por los hombres debido a sus copiosas vicisitudes cotidianas. Lucas descubre aquellas cúpulas, que parecen embellecerse a medida que el colectivo avanza y se le presentan nuevas buhardillas y terrazas que jamás había visto. Y mientras las observa, descubre que su propia imagen, proyectada en aquellas torres grises de Buenos Aires, acompaña saltando de terraza en terraza, cúpula en cúpula, la marcha del colectivo, frenando en los semáforos, doblando en las esquinas. Lucas abre la ventana y siente el viento en su cara, como si estuviera bailando con los techos de la ciudad. El vértigo y la adrenalina del vacío en sus pies cuando salta lo funden con el viento, dorado reflejo de los vidrios del sol. Cuando frena, esperando el avance del colectivo, una brisa le revuelve los cabellos y escucha a los pájaros tan nítidamente que por un momento llega a pensar que es uno de ellos.
Desde lo alto de un edificio de cuatro pisos divisa su casa, pero Lucas no se anima a tirarse. Siempre tuvo el mismo problema. Subía con entusiasmo, pero al bajar, consecutivamente titubea. Decide hacerlo rápido, como una zambullida en una laguna helada. Lucas en el colectivo, con la cabeza erguida, levemente tirada hacia atrás, apuntando a un cielo de terrazas grises y vidrios de oro, baja la cabeza cerrando los ojos como dos esferas de bosque y aprieta los dientes. Abre los ojos y por la ventana se percata que tiene que bajarse en una cuadra, por lo que se levanta y por el pasillo del colectivo, enfila hacia la puerta de descenso. Rengueando por el golpe de la caída, Lucas deja un hilito de sangre entre su asiento y la puerta, ya que esta vez, cayó mal desde aquellas cúpulas y terrazas.

lunes, 25 de mayo de 2009

CAÍDA LIBRE

Sintió, por unos segundos, una suave brisa que inundaba su cara, acariciando sus cabellos. La sintió luego en todo su cuerpo, como una leve presión que frenaba su impulso.
El movimiento era mínimo al principio, pero a medida que avanzaba más en esa oscuridad, que le daba una sensación onírica de vacío, sobre todo vacío, sentía que el colchón de viento, generoso con su cuerpo, se transformaba velozmente en un pequeño huracán, tornándose cada vez más imprevisible y violento. Y él, con sus ojos cerrados entre los sueños y el borde de la cama, caía de una forma en que su sien trazaba un perfecto camino en línea recta con el borde de la mesita de luz, que afilaba su punta, relamiéndose en la sangre futura.
En el trayecto, divisó una taza de café, que era a su vez un punto negro, y que era la mancha de un leopardo, que lo miraba fijo desde el borde de la cama. Miraba como él caía, embebido en sueños sobre leopardos color sepia que lo miraban mientras él, dormido, divagaba acerca de un felino que contaba los segundos, minutos, horas, en que la sien se encontraría con la punta de la mesita de luz y tal vez, luego de saciar sus deseos de negra sangre, ambos, punta y sien, sintiesen algún atardecer tomados de la mano.
Mientras el leopardo proyectaba romances entre muebles y frentes, y el huracán seguía envolviéndolo con sus tentáculos invisibles al tiempo que caía de la cama, él escuchó (y esa brisa estaba seguro que la había sentido en alguna parte), la voz de un hombre, quebrada y aguda. Notó su gruesa barba blanca, su capucha gris. Vio al hombre, arqueado por las noches y acróbata cuando brilla el sol de un reflector. La voz le contaba un cuento sobre un hombre que, dormido, cae de la cama y se golpea la frente con la punta de la mesita de luz. Pero cuando estaba llegando al desenlace, recordó el viento, que limpiaba su cara de ojos cerrados en el vacío del aire, ya sin la seguridad de ese pie que se negaba a dejar la cama. Y se imaginó a si mismo, volando por encima de los trenes. Pensó en pájaros con las cabezas de sus novias pasadas, que buscaban desesperadamente una ventana, pero todas estaban cerradas. Y luego los vió a todos, los trenes, las aves con cabeza de mujer, el leopardo, el hombre de barba blanca y hasta a su yo volador, que lo miraban desde los siete rincones del cuarto.
Y un ruido. Sangre. Pequeño espasmo. Ojos abiertos, desorientados. Una mano que acaricia su sien mojándose, volviéndose roja. Luz. Una curita insuficiente. Dos curitas cruzadas. Seis y media. Café con tostadas. Un placard abierto. Corbata, saco, camisa, pantalón. Y un leopardo que lo mira desde el borde de la cama.

lunes, 8 de diciembre de 2008

UN POEMA DE BAUDELAIRE

Sentado en el banco de la plaza. Siempre sentado. Mientras los chicos jugaban a la pelota en el potrero. Mientras las abuelas alzaban la voz una sobre la otra y terminaban gritando sin darse cuenta de que hablaban de lo mismo. Mientras sus nietos corrían por la arena. Mientras caían, se lastimaban, lloraban. Mientras transcurría un buen rato hasta que la abuela indicada se percataba que era su nieta quien había gritado y lloraba a moco tendido, y se ponía roja y hasta la consolaba a los gritos, con una ira medianamente reprimida por hacerle pasar vergüenza delante de las otras. Mientras las otras levantaban la ceja al unísono, cruzadas de brazos torcían la boca, y las palomas picoteaban el suelo y mirando con un ojo, cada tanto, a una pareja joven que se besaba en el banco de enfrente. Siempre sentado. Contemplando con los ojos azules la Soledad que jugaba al truco en una de las mesas de piedra, donde los viejos añoran sus días, que ya son de color sepia, en fichas de dominó. Él, sentado. Mirando. Observando. Casi sin mover un músculo. La boina marrón se enreda con los pelos blancos, finos. La bufanda marrón anudada al cuello. Le gustaría que estuviese más apretada.
Sus manos, llenas de manchas y surcos, como los de su cara, blanca, le dan al viejo una fragilidad aparente. Dos arrugas que caen sobre los costados de sus ojos azules como el mar que algún día lo trajo por estas tierras, provocan lástima, sólo pasajera, de los que lo miran con atención. Apoya los codos sobre los huesos de sus extintos muslos, abrazando el estómago. Otra vez este maldito dolor, piensa, y la Soledad, que dejó de jugar a las cartas, y ahora mira constantemente su reloj, le guiña un ojo. Gol de Rulo. Él no se da vuelta. Sigue abrazado a su estómago. Lo estruja con los huesos de los brazos. Lo quiere sacar y por poco lo logra, pero otro gol de Rulo, lo distrae y gira su cabeza.
La pareja de jóvenes del banco de enfrente unen sus labios de nuevo. Un minuto. Dos minutos. Tres. Cuatro. Quince. Media hora. Hasta que comienzan a masticarse los labios. Luego, se comen la nariz y las orejas. El cuello, los ojos. El banco se llena de sangre negra, vísceras y huesos con pedazos de carne. El viejo esboza una sonrisa. Una imagen conocida de sus tiempos de juventud. Mira a la Soledad, que comía una naranja y la reconoce en esos recuerdos. El viejo se abrocha a su estómago. Otro gol de Rulo, gritos de victoria. Ya lo molestan, pero no se mueve. ¿Dónde va a ir? Hace frío. El sol ni se gasta en darle calor, apenas alumbra la plaza, como un reflector que está a punto de morir, que sólo puede iluminar un círculo, y el resto oscuridad y demonios.
La Soledad anda en bicicleta. Va en círculo, pasa por delante suyo, por entre los árboles, baja a la calle, frena en el kiosco de Norma, y vuelve a pasar por delante suyo. Así, 10 veces. 20 veces. El estómago duele más y más, y las palomas le tiran de la falda a las abuelas, que siguen de brazos cruzados, con la boca torcida, criticando, gritando, sordas, ciegas y mudas. Las palomas, llorando, ruegan irse porque tienen frío. Vuelven a la arena y escarban en busca de lombrices. Y así varias veces. Y la Soledad que vuelve a pasar, cada vez más cerca. Y el viejo que busca en sus recuerdos color sepia aquella imagen en su juventud. Una mujer, como la del banco de enfrente. En una fotografía en blanco y negro Y la Soledad al lado, amamantándola con los huesos de su pecho. Y el observando de afuera, con sus ojos azules y el pelo rubio como el sol, esbozando una sonrisa. Y otra fotografía. Y otra. Y otra. Y siempre la misma imagen de la soledad, acurrucando a esa mujer de piel azul. Y se equivoca. El viejo se equivoca. Gira la cabeza. La Soledad estaba sentada a su lado en el mismo banco verde, leyendo un poema de Baudelaire. Mientras las viejas saludan al aire y sus palomas agradecen a la luna, la Muerte dejó la bicicleta y se sentó en un árbol. Juega al ta-te-ti y gana. Siempre gana.

sábado, 26 de julio de 2008

(SIN TITULO)

razón
razón de saber
razón de nacer
pero yo quiero mas
que unicornios encerrados
en latas de sardinas
métrica infernal
de las hadas muertas por cristianos

yo sé
yo sé que soy
yo sé que soy más
de lo que siempre apostaron
que iba a llegar
a degollar gatos para el rey
pero nunca pasé
de arrancarles los ojos
con los dientes

y yo
yo ahora estoy yo
conmigo mismo
rodeado de tumbas
que me atan las manos
si me desato
beberé la sangre
de mis venas cansadas.

jueves, 10 de julio de 2008

LOS VIAJEROS CIRCULARES

Uno nunca sabe en donde se encuentra hasta que sale de allí, me dijo mi abuela, casi como tratando de revelar algo que no le estaba permitido. Mi abuela vivía con mi madre, y esta conmigo, en la misma casa, que había pertenecido a la abuela de mi abuela. Luego pasó a su madre, luego a ella, y junto con su hija vivíamos desde siempre. Era una casa común, con ventanas y cuartos, y cuartos con ventanas. Había puertas con marcos, marcos en las puertas, sillas con una mesa, y una silla, y una mesa, sin mesa, ni sillas. Recuerdo que la casa estaba en el medio de la manzana. Una manzana singular, ya que era redonda, y de frente, desembocaban cinco esquinas, por lo que una persona, sin importar la dirección en que caminara, terminaba, indefectiblemente, pasando por mi casa.
Mi abuela se divertía con aquella disposición geográfica de la casa. Todo viajero perdido hablaba con mi abuela, sentada en una silla al frente, para preguntar donde estaban, como llegar, y hasta quienes eran. La diversión de mi abuela consistía en revelarles a los viajeros perdidos un camino, quienes sin importar donde fuesen, terminaban nuevamente frente a mi casa. Mi abuela, entonces, me hacía tomarles el tiempo, y apostábamos al más rápido. Se pasaba así el día, entre viajeros perdidos y chocolatadas después del colegio.
Algún día de tantos días que sucedían invisibles ante los ojos nuestros, desperté distinto o desperté al fin para ver un día. Hablé con la madre de mi madre que era mi abuela, pero le gustaba que le diga madre, sobre el altillo de nuestra casa. Me dijo que en el centro había un baúl como centro del altillo, pero no lo debía abrir jamás, ni menos subir al altillo, que quedaba en la mitad del medio del centro del living. Yo le hice caso olvidándome del asunto, aunque cada vez estoy mas seguro que el asunto se olvidó de venir a recordarme que era lo que había inflado mi intriga como un globo de lo que, una vez, como agradecimiento por indicarle el camino correcto, un viajero me regaló; aunque al cabo de un rato retornó el viajero al exacto punto en donde me encontraba, sacándome el globo, y con él, la intriga por aquel altillo.
Una vez, uno de estos viajeros perdidos preguntó por una dirección. Mi abuela le indicó: siga por la misma dos cuadras, ahí, dobla a la derecha tres cuadras más, y luego a la izquierda. El viajero agradeció, y mi abuela reía y junto con ella, yo tomaba chocolatada, escuchando su pícara risa. Mi abuela reía, pero pronto dormía y yo, terminaba mi chocolatada y el hombre no aparecía. Y nunca apareció. Desde esa tarde, algo cambió. La imagen del altillo y el baúl me hicieron prisionero y no pasaba un día en que no me olvide de alimentar la intriga. Mi abuela ya casi no salía a dar indicaciones, la depresión por aquel viajero que pudo sortear el laberinto de calles la terminó de agotar. Y una tarde cerró los ojos. Yo corrí al altillo y encontré el baúl en la mitad del medio del altillo. Al abrirlo, la luz de la calle cegó mis pupilas por un momento. Estaba en el frente de la casa y mi abuela indicaba una dirección a un viajero. Me senté a su lado, dándole sorbitos a la chocolatada. Uno nunca sabe en donde se encuentra hasta que sale de allí, me dijo mi abuela.

sábado, 5 de julio de 2008

LA FILARMONICA


La caja estuvo unas quince horas frente a su puerta hasta que la vio. Leyó la tarjeta y aunque las palabras estaban corridas por la lluvia, pudo leer con claridad el nombre de su madre. Ella había venido de visita hacía una semana y se había quejado del angustioso silencio en el que vivía su hijo, producto de su inalterable y preocupante soledad.
Con ayuda de una palanca de hierro pudo abrir la caja de madera, que triplicaba en ancho y en alto a un hombre común, descubriendo una filarmónica de treinta y cinco músicos y un coro de quince personas. Llamó a su madre para recriminarle que no tenía espacio ni tiempo como para mantener a una filarmónica tan numerosa, aunque le agradeció el gesto, porque seguramente le debió haber salido muy caro y con sutileza le preguntó porque mejor no le compró un grupo de violinistas. Sin embargo, ante un quiebre en la voz de ella, imperceteptible para cualquier, menos para él, le agradeció el regalo y le dijo que en realidad, cuantos más músicos hubiera, mejor.
Hizo pasar a la filarmónica y los ubicó en uno de los cuartos vacíos más alejado de su casa de tres habitaciones. A partir de ese momento, el cuarto mas grande era su habitación, el mas pequeño, su estudio, y en el mediano, había una filarmónica de cincuenta músicos, que ni bien se instaló comenzó a tocar la Rapsodia Húngara de Liszt.
Al principio, aunque una parte suya se amedrentó al ver tanta cantidad de músicos, él estaba encantado. La filarmónica representaba con una perfección asombrosa piezas que iban desde Wagner hasta Beethoven, pasando por Strauss, Grieg y hasta Elgar y Piazzola. La música se volvió parte de su vida, y aquellos músicos parecían leer su alma, ya que cuando se sentía contento y eufórico, la orquesta interpretaba el Himno a la Alegría, o cuando estaba deprimido, se escuchaba Claro de Luna. Hasta en lo momentos de relax, cuando llegaba de su trabajo y se dejaba caer en el sillón verde de living, hundiéndose hasta casi tocar el piso con los muslos, los acordes de Meditación de Thais bailaban en las virtuosas manos de los violinistas. Y también cuando hacía el amor con alguna prostituta rumana, él y la filarmónica llegaban al clímax de la Bodas de Fígaro, fundiéndose en un sentir de euforia y satisfacción con la música de Mozart.
A pesar de que la filarmónica no requería demasiada atención, solo necesitaban comer, dormir, (lo hacían por turnos en aquel cuarto para no dejar de tocar en ningún momento), y de vez en cuando cambiar alguna cuerda o vaciar de saliva algún instrumento de viento, (algo que debía hacerse rápidamente ya que el músico que requería dicho arreglo se ponía a patalear y a chillar rompiendo con la armonía de las obras que interpretaban), a pesar de esto, él empezó a cansarse de la música. Sobre todo cuando la música comenzó a dominar sus emociones. Siempre que la filarmónica representaba Meditación de Thais, él no podía sentir otra cosa que tristeza, o el Himno a la Alegría lo ponía automáticamente feliz, sin motivo para estarlo. Y sentía una erección instantánea en el momento en que la orquesta entonaba Las Bodas de Fígaro.
Luego de tres meses de vivir constantemente con música, algo que no sólo modificaba sus emociones, sino que le impedía hacer otro tipo de cosas, como ver televisión, concentrarse para leer un libro, y demás cuestiones de la vida cotidiana, decidió deshacerse de la orquesta. No pudiendo vender la filarmónica entera, decidió venderla por partes. Del coro se desvinculó rápidamente, donándolo a un orfanato de estatuas bastardas de marfil. Un grupo empresario que tenía como hobby la práctica y representación de entradas pomposas compró la sección de percusión y una buena parte de la sección vientos. Los dos trompetistas que quedaban, junto al músico que interpretaba el oboe, los regaló a la vieja del barrio, para que le hagan compañía mientras confeccionaba los soldaditos de aluminio que vendía en las plazas.
Por ultimo quedaban los violinistas y los celistas. Sabía que eran los mas difíciles de vender ya que un pack de cuatro violinistas, por ejemplo, salen mas caros que toda una sección de viento. Y por si fuera poco, nadie se atrevía a comprar un violinista solo ya que su sonido era considerado como uno de los mas tristes del planeta, y nadie, en esta época, quería mas motivos para deprimirse.
Decidió, entonces, venderlos por Internet, ofreciendo una total cobertura por parte del vendedor de los gastos de envío, si la persona que los solicitaba, residiera en otro país o provincia. Luego de un mes, los nueve celistas que le quedaban los vendió a un holandés errante por una suma mucho menor a la que realmente valían. Y cinco de los violinistas, todos hombres, los transfirió, también por un precio menor al real, a un estudio de Hollywood, especialista en películas melodramáticas ambientadas en la segunda guerra mundial.
Su casa ya volvía a ser la de antes. Por momentos, aquel codiciado silencio asomaba tímidamente por las noches. Sólo quedaban tres violinistas. Dos mujeres y un hombre, que por más que bajaba su precio, no conseguía vender.
Convencido de que no iba a ganar dinero con estos tres, los metió en el coche y los llevó al centro, a la casa de su madre, para devolvérselos. Su madre, que al verlo con los músicos, rompió varios platos y hasta la tetera que su hermana le había traído de sus viajes por la India, finalmente aceptó quedárselos. Aunque se los dejó a Bach, el perro que, después de todo, era el único de los tres que tenía oído musical.

miércoles, 25 de junio de 2008

LOS OJOS SUICIDAS

Las palabras migran como las aves o mueren ahogadas en el olvido. Aunque en el peor de los casos, son acuchilladas por los poderosos de turno. Este último fue el final, en mayor o menor medida, de palabras como “imaginación”, “desaparecer”, “duranar”, “curar” y, no se sabe bien porqué, “jaguar”.
El verbo “duranar” en particular, tuvo una de las muertes más notorias y más rápidas. Adjetivos como “duranado” o “duranante” fueron prohibidos por el gobierno de turno a la semana de haber tomado el poder, y pronto la atemorizada población olvidó su significado. Fue por esta razón que me sorprendió cuando, en un café frente a la estación de trenes de Belgrano, escuché el vocablo venir desde el fondo, dos mesas más allá. Me di vuelta, ya que le daba la espalda a la mesa en cuestión, y descubrí a seis personas sospechosas de haber pronunciado tan riesgosa palabra. Comencé a investigarlos mentalmente. Al verlos, mi primera impresión fue que la palabra la había oído yo solo, ya que los seis continuaban en sus propios mundos ajenos al mundo común de todos. Sin embargo, cuando comencé a observar en mayor detalle, descubrí que esto no era tan así. Por un lado estaba la mesera, pero enseguida la descarté porque sus ojos mostraban el mismo asombro que los míos. Además, el hecho de que la palabra en cuestión haya sido empleada con un perfecto manejo del idioma castellano, terminó de confirmarme que aquella joven mesera, jamás pudo pronunciar aquel verbo ya que se requería cierto nivel léxico para hacerlo correctamente. La palabra, antes de ser prohibida, no la empleaba casi nadie; tomó fama a partir de la prohibición del gobierno. Este mismo prejuicio contra el nivel cultural de los jóvenes, provocó que descarte a la inocente pareja que ocupaba la última mesa, pegada a la pared. Además de que no pasaban los veinticinco años, me dieron una sensación de amor como hacía tiempo no sentía. Ella apoyando su cabeza en el hombro de él, mientras él la abrazaba desenredándole y peinándole los cabellos rubios. Seguramente estaban tan embebidos el uno del otro que no escucharon la transgresión.
En la mesa que estaba enfrente de la pareja, la más cercana a mi, se hallaban dos viejos, con seguridad amigos eternos que hasta antes del suceso, charlaban animadamente sobre los cambios que debía hacer el equipo de Excursionistas para hacer un buen campeonato. Luego de escuchar esa palabra, que no era más que un intento de suicidio, ambos se encerraron en un mutismo nervioso. Sus manos, que por el miedo y la edad temblaban como si tuvieran pequeños terremotos en las venas, les impedía, (sobre todo al viejo de bigote), seguir tomando su cortado. Me hubiera gustado que alguien los tranquilizara, que les diga que no se preocupen, que nadie sospecharía de ellos. Pero no, la gente estaba demasiado atemorizada para jugarse por otro. Al cabo de unos minutos, los viejos pagaron como pudieron y se fueron rápidamente.
Sólo quedaba una persona que podría haber tomado aquel riesgo. Una mujer rubia, teñida por supuesto, de unos treinta años, con un estilo barroco en la elección de sus accesorios. Más preocupada en avanzar en su jueguito del celular que en tomar el agua mineral que pidió. Mi prejuicio nuevamente obligó a que la descarte. Era una mujer demasiado plástica como para conocer aquella palabra. Seguramente estaría esperando a su esposo, algún empresario millonario, y se irían para su casa en un country, o estaría volviendo de algún gimnasio para detener el inevitable paso del tiempo. De cualquier forma, no dejé de sentir un poco de pena por ella.
Volví a mi café, olvidándome de los sospechosos. Luego de observarlos en detalle llegué a la conclusión de que el error fue mío. Seguramente debí haber escuchado mal. Además, cuando dejé de observarlos me percaté que los estuve mirando demasiado tiempo y me dio un poco de vergüenza.
Casi cuando me estaba yendo, escuché nítidamente y con voz de mujer la palabra de nuevo. Mis ojos se abrieron sorprendidos y me di la vuelta rápidamente. Comencé observando a la chica de la pareja, que ahora estaban sentados de frente, incómodos, mirando al piso. Pero seguían irradiando amor, y yo estaba seguro que eran inocentes. Fue entonces cuando miré a la mujer plástica, que se había sacado los anteojos de sol, revelando los ojos suicidas mas tristes que yo haya visto jamás. Nos quedamos mirándonos unos segundos, hasta que finalmente me levanté, la tomé de los pelos y la tiré boca abajo contra el piso del café. Entre gritos y llantos logré esposarla y vendarle los ojos, mientras un camión oficial frenaba en la puerta del bar para llevársela.

domingo, 22 de junio de 2008

EL VIAJE DE CASIO

Descubrió la aurora dentro suyo
médanos como rutas con señales desgarradas
perfiles de acero se tuercen y él mira
el cosmos como hoja en blanco

Casio escupe y mira torcido el garrote de Orión
vuela como los vientos de luz
entre cielos verdes y grises
erupciones de sorna, Farenheit de culpas

La astrología desaparece y él
sigue subiendo
canta ruinas de historias
¡A quien quiera escuchar, que oiga!

El canta:
Valdor rey de los númugues
espada de los valles de coral
¿No ves que estoy cansado?
¿No ves que la fe es sombra del olvido?

El sol es una piedra y la piedra un hombre
los magos se retuercen en sus vísceras
¿No ves que he perdido?
¿No ves que la fe es sombra del olvido?


Casio recuerda unas trenzas rubias
que se dibujan en las copas de los árboles
de pronto frena y de un salto cabalga su pez dorado
vuelve a viajar por su alma de aurora.

Un guiño a escorpión
pasa sobre Aries y descansa en Libra
Orión descubre sus ojos
y Casio le regala un amanecer.

Azules y negros se estiran sobre el cosmos
las constelaciones duermen
acariciadas por los brazos del astro
y Casio cabalga en el Big Bang
montado sobre su pez dorado.

TEORÍAS EN ESCOMBROS

Aquel florero, como detenido en el tiempo. ¿Que pasará cuando caiga y se estrelle contra el suelo? mirá, dice Anselmo. El florero cae, estallando contra el piso de madera. El agua salta formando un pequeño lago y esas flores que se ven patéticas esforzándose por no separarse del agua, algo mugrienta, que les daba una razón para vivir, parecen aletear como peces muertos.
Al principio nada pasó. O al menos no nos dimos cuenta. Pero en seguida Anselmo me indicó que mirara hacia la ventana. Una mariposa yacía en la vereda. Lo miré con incredulidad.
-¿Y?, dije.
- Yo estaba mirando por la ventana cuando tiré el florero, dijo Anselmo, y se quedó esperando una respuesta que jamás llegó.
-Y en el momento exacto en que el florero se estrelló contra el suelo, aquella mariposa cayó muerta desde el árbol.
Anselmo me miraba con ojos vívidos, como si su hipótesis se hubiese revelado con este simple e improbable hecho. Yo lo miré arqueando una ceja hasta que sus ojos desviaron la mirada. Estaba enojado, lo sabía, pero no decía nada. Buscaba alguna otra cosa para romper. Sinceramente yo no vi a la mariposa morir, pero aunque la hubiera visto, es imposible que se muriese por culpa del florero. Prendí un cigarrillo, me acerqué a la ventana del balcón francés y miré a la mariposa. Sus alas la habían envuelto formando un minúsculo punto azul que resaltaba en la vereda color arena, gastada por el roce de los zapatos. Un ruido metálico desvió mi atención. Mis ojos buscaron los gritos hasta que los encontraron en la esquina de la calle. Dos autos teñidos de rojo, encastrados a la fuerza se tornaban uno solo, maltrecho, arrugado. Menospreciando su geométrica forma original. Alcancé a ver movimiento adentro. Una mujer, casi fusionada con el nuevo auto, en un grito sin pausa nombraba a su hija, maldecía, lloraba. Casi al mismo tiempo vino Anselmo, corriendo, preguntándome que había pasado.
-Un choque le dije.
-¿Ves?, me respondió. ¿Ahora te das cuenta?
-¿Darme cuenta de que?, le contesté.
-El choque, exclamó. Rompí un cuaderno, por eso chocaron.
Curvé la boca burlonamente y hasta con un poco de ternura. Pero no lo suficiente para que él lo notara.
-¿Vos me estas diciendo que la mariposa y el choque pasaron por tu culpa? Estás loco.
Anselmo, respiró fastidiado. Dijo que como siempre, yo no creía en nada, pero ¿cómo voy a creer este tipo de cosas? Lo miré con lástima. Algo que hizo que se fastidie aún más y comenzó a dar vueltas por el living, buscando alguna otra cosa para tirar, lo que se estaba volviendo molesto, porque Anselmo, obsesionado por tratar de mostrarme su teoría, iba rompiendo cosas a su paso, y yo atrás, limpiando sus hipótesis.
Un vaso, dos portarretratos, una taza y tres platos. Según Anselmo, un trueno, un gol de Colón, dos ambulancias que frenan en la esquina, lluvia y tres estornudos míos.
Barrí los escombros. La mirada furiosa de Anselmo sobre mi nuca. No le hablé por un buen rato. Observé con el rabillo del ojo que se acomodaba en el sillón doble que está frente al televisor. Sentí que se prendía un cigarrillo y miré a una paloma posarse sobre la baranda del balcón. Por suerte, Anselmo no la vio. Sus codos apoyados sobre las rodillas, la cabeza gacha, mirando sus pies. Fumaba largando el humo con fuerza, como un espasmo. Pasé junto a él con la pala llena de vidrios, teorías, hipótesis.
-Bueno me voy, dijo. No se puede con vos.
Se levantó, y frenó en la puerta. Más que frenarse, la abrió muy lentamente esperando que le contestase. Se fue de la misma forma que estaba sentado, con la cabeza gacha, mirando sus pies, moviéndola levemente de lado a lado. Cerró la puerta despacio, sin ruido. Y el vidrio de la ventana del balcón francés estalló en mil pedazos.