martes, 18 de agosto de 2009

SERPIENTE

Las grietas bailan como
nido de serpiente.
Las paredes grises
mudan la piel / cae el agua
el rocío estalla
dentro de un anillo


La serpiente se arrastra
se derrumban las torres
del Valhala de cera / cae el agua
el fuego se ahoga
sobre otro anillo

Un nuevo kilómetro de círculos
verdes poemas, vuelven
con anillos más afilados / cae el agua
se escurre de los anillos
ahogando a los muertos

El rey serpiente mira
ojos rumiando la espera / crujen
los huesos de las casas

martes, 21 de julio de 2009

SALTANDO CÚPULAS Y TERRAZAS

Lucas se acomoda en el último asiento del colectivo. Está cansado. Salió de su trabajo más tarde que lo correspondiente, y para colmo, su nariz le picaba producto de alguna alergia contraída en estos días de frío veraniegos. Es entonces que Lucas, harto ya de rascarse compulsivamente con la mano derecha la única nariz que tiene, frente al vidrio del ómnibus levanta la cabeza y observa las cúpulas y terrazas de Buenos Aires, olvidadas por los hombres debido a sus copiosas vicisitudes cotidianas. Lucas descubre aquellas cúpulas, que parecen embellecerse a medida que el colectivo avanza y se le presentan nuevas buhardillas y terrazas que jamás había visto. Y mientras las observa, descubre que su propia imagen, proyectada en aquellas torres grises de Buenos Aires, acompaña saltando de terraza en terraza, cúpula en cúpula, la marcha del colectivo, frenando en los semáforos, doblando en las esquinas. Lucas abre la ventana y siente el viento en su cara, como si estuviera bailando con los techos de la ciudad. El vértigo y la adrenalina del vacío en sus pies cuando salta lo funden con el viento, dorado reflejo de los vidrios del sol. Cuando frena, esperando el avance del colectivo, una brisa le revuelve los cabellos y escucha a los pájaros tan nítidamente que por un momento llega a pensar que es uno de ellos.
Desde lo alto de un edificio de cuatro pisos divisa su casa, pero Lucas no se anima a tirarse. Siempre tuvo el mismo problema. Subía con entusiasmo, pero al bajar, consecutivamente titubea. Decide hacerlo rápido, como una zambullida en una laguna helada. Lucas en el colectivo, con la cabeza erguida, levemente tirada hacia atrás, apuntando a un cielo de terrazas grises y vidrios de oro, baja la cabeza cerrando los ojos como dos esferas de bosque y aprieta los dientes. Abre los ojos y por la ventana se percata que tiene que bajarse en una cuadra, por lo que se levanta y por el pasillo del colectivo, enfila hacia la puerta de descenso. Rengueando por el golpe de la caída, Lucas deja un hilito de sangre entre su asiento y la puerta, ya que esta vez, cayó mal desde aquellas cúpulas y terrazas.

lunes, 25 de mayo de 2009

CAÍDA LIBRE

Sintió, por unos segundos, una suave brisa que inundaba su cara, acariciando sus cabellos. La sintió luego en todo su cuerpo, como una leve presión que frenaba su impulso.
El movimiento era mínimo al principio, pero a medida que avanzaba más en esa oscuridad, que le daba una sensación onírica de vacío, sobre todo vacío, sentía que el colchón de viento, generoso con su cuerpo, se transformaba velozmente en un pequeño huracán, tornándose cada vez más imprevisible y violento. Y él, con sus ojos cerrados entre los sueños y el borde de la cama, caía de una forma en que su sien trazaba un perfecto camino en línea recta con el borde de la mesita de luz, que afilaba su punta, relamiéndose en la sangre futura.
En el trayecto, divisó una taza de café, que era a su vez un punto negro, y que era la mancha de un leopardo, que lo miraba fijo desde el borde de la cama. Miraba como él caía, embebido en sueños sobre leopardos color sepia que lo miraban mientras él, dormido, divagaba acerca de un felino que contaba los segundos, minutos, horas, en que la sien se encontraría con la punta de la mesita de luz y tal vez, luego de saciar sus deseos de negra sangre, ambos, punta y sien, sintiesen algún atardecer tomados de la mano.
Mientras el leopardo proyectaba romances entre muebles y frentes, y el huracán seguía envolviéndolo con sus tentáculos invisibles al tiempo que caía de la cama, él escuchó (y esa brisa estaba seguro que la había sentido en alguna parte), la voz de un hombre, quebrada y aguda. Notó su gruesa barba blanca, su capucha gris. Vio al hombre, arqueado por las noches y acróbata cuando brilla el sol de un reflector. La voz le contaba un cuento sobre un hombre que, dormido, cae de la cama y se golpea la frente con la punta de la mesita de luz. Pero cuando estaba llegando al desenlace, recordó el viento, que limpiaba su cara de ojos cerrados en el vacío del aire, ya sin la seguridad de ese pie que se negaba a dejar la cama. Y se imaginó a si mismo, volando por encima de los trenes. Pensó en pájaros con las cabezas de sus novias pasadas, que buscaban desesperadamente una ventana, pero todas estaban cerradas. Y luego los vió a todos, los trenes, las aves con cabeza de mujer, el leopardo, el hombre de barba blanca y hasta a su yo volador, que lo miraban desde los siete rincones del cuarto.
Y un ruido. Sangre. Pequeño espasmo. Ojos abiertos, desorientados. Una mano que acaricia su sien mojándose, volviéndose roja. Luz. Una curita insuficiente. Dos curitas cruzadas. Seis y media. Café con tostadas. Un placard abierto. Corbata, saco, camisa, pantalón. Y un leopardo que lo mira desde el borde de la cama.

lunes, 8 de diciembre de 2008

UN POEMA DE BAUDELAIRE

Sentado en el banco de la plaza. Siempre sentado. Mientras los chicos jugaban a la pelota en el potrero. Mientras las abuelas alzaban la voz una sobre la otra y terminaban gritando sin darse cuenta de que hablaban de lo mismo. Mientras sus nietos corrían por la arena. Mientras caían, se lastimaban, lloraban. Mientras transcurría un buen rato hasta que la abuela indicada se percataba que era su nieta quien había gritado y lloraba a moco tendido, y se ponía roja y hasta la consolaba a los gritos, con una ira medianamente reprimida por hacerle pasar vergüenza delante de las otras. Mientras las otras levantaban la ceja al unísono, cruzadas de brazos torcían la boca, y las palomas picoteaban el suelo y mirando con un ojo, cada tanto, a una pareja joven que se besaba en el banco de enfrente. Siempre sentado. Contemplando con los ojos azules la Soledad que jugaba al truco en una de las mesas de piedra, donde los viejos añoran sus días, que ya son de color sepia, en fichas de dominó. Él, sentado. Mirando. Observando. Casi sin mover un músculo. La boina marrón se enreda con los pelos blancos, finos. La bufanda marrón anudada al cuello. Le gustaría que estuviese más apretada.
Sus manos, llenas de manchas y surcos, como los de su cara, blanca, le dan al viejo una fragilidad aparente. Dos arrugas que caen sobre los costados de sus ojos azules como el mar que algún día lo trajo por estas tierras, provocan lástima, sólo pasajera, de los que lo miran con atención. Apoya los codos sobre los huesos de sus extintos muslos, abrazando el estómago. Otra vez este maldito dolor, piensa, y la Soledad, que dejó de jugar a las cartas, y ahora mira constantemente su reloj, le guiña un ojo. Gol de Rulo. Él no se da vuelta. Sigue abrazado a su estómago. Lo estruja con los huesos de los brazos. Lo quiere sacar y por poco lo logra, pero otro gol de Rulo, lo distrae y gira su cabeza.
La pareja de jóvenes del banco de enfrente unen sus labios de nuevo. Un minuto. Dos minutos. Tres. Cuatro. Quince. Media hora. Hasta que comienzan a masticarse los labios. Luego, se comen la nariz y las orejas. El cuello, los ojos. El banco se llena de sangre negra, vísceras y huesos con pedazos de carne. El viejo esboza una sonrisa. Una imagen conocida de sus tiempos de juventud. Mira a la Soledad, que comía una naranja y la reconoce en esos recuerdos. El viejo se abrocha a su estómago. Otro gol de Rulo, gritos de victoria. Ya lo molestan, pero no se mueve. ¿Dónde va a ir? Hace frío. El sol ni se gasta en darle calor, apenas alumbra la plaza, como un reflector que está a punto de morir, que sólo puede iluminar un círculo, y el resto oscuridad y demonios.
La Soledad anda en bicicleta. Va en círculo, pasa por delante suyo, por entre los árboles, baja a la calle, frena en el kiosco de Norma, y vuelve a pasar por delante suyo. Así, 10 veces. 20 veces. El estómago duele más y más, y las palomas le tiran de la falda a las abuelas, que siguen de brazos cruzados, con la boca torcida, criticando, gritando, sordas, ciegas y mudas. Las palomas, llorando, ruegan irse porque tienen frío. Vuelven a la arena y escarban en busca de lombrices. Y así varias veces. Y la Soledad que vuelve a pasar, cada vez más cerca. Y el viejo que busca en sus recuerdos color sepia aquella imagen en su juventud. Una mujer, como la del banco de enfrente. En una fotografía en blanco y negro Y la Soledad al lado, amamantándola con los huesos de su pecho. Y el observando de afuera, con sus ojos azules y el pelo rubio como el sol, esbozando una sonrisa. Y otra fotografía. Y otra. Y otra. Y siempre la misma imagen de la soledad, acurrucando a esa mujer de piel azul. Y se equivoca. El viejo se equivoca. Gira la cabeza. La Soledad estaba sentada a su lado en el mismo banco verde, leyendo un poema de Baudelaire. Mientras las viejas saludan al aire y sus palomas agradecen a la luna, la Muerte dejó la bicicleta y se sentó en un árbol. Juega al ta-te-ti y gana. Siempre gana.

sábado, 26 de julio de 2008

(SIN TITULO)

razón
razón de saber
razón de nacer
pero yo quiero mas
que unicornios encerrados
en latas de sardinas
métrica infernal
de las hadas muertas por cristianos

yo sé
yo sé que soy
yo sé que soy más
de lo que siempre apostaron
que iba a llegar
a degollar gatos para el rey
pero nunca pasé
de arrancarles los ojos
con los dientes

y yo
yo ahora estoy yo
conmigo mismo
rodeado de tumbas
que me atan las manos
si me desato
beberé la sangre
de mis venas cansadas.

jueves, 10 de julio de 2008

LOS VIAJEROS CIRCULARES

Uno nunca sabe en donde se encuentra hasta que sale de allí, me dijo mi abuela, casi como tratando de revelar algo que no le estaba permitido. Mi abuela vivía con mi madre, y esta conmigo, en la misma casa, que había pertenecido a la abuela de mi abuela. Luego pasó a su madre, luego a ella, y junto con su hija vivíamos desde siempre. Era una casa común, con ventanas y cuartos, y cuartos con ventanas. Había puertas con marcos, marcos en las puertas, sillas con una mesa, y una silla, y una mesa, sin mesa, ni sillas. Recuerdo que la casa estaba en el medio de la manzana. Una manzana singular, ya que era redonda, y de frente, desembocaban cinco esquinas, por lo que una persona, sin importar la dirección en que caminara, terminaba, indefectiblemente, pasando por mi casa.
Mi abuela se divertía con aquella disposición geográfica de la casa. Todo viajero perdido hablaba con mi abuela, sentada en una silla al frente, para preguntar donde estaban, como llegar, y hasta quienes eran. La diversión de mi abuela consistía en revelarles a los viajeros perdidos un camino, quienes sin importar donde fuesen, terminaban nuevamente frente a mi casa. Mi abuela, entonces, me hacía tomarles el tiempo, y apostábamos al más rápido. Se pasaba así el día, entre viajeros perdidos y chocolatadas después del colegio.
Algún día de tantos días que sucedían invisibles ante los ojos nuestros, desperté distinto o desperté al fin para ver un día. Hablé con la madre de mi madre que era mi abuela, pero le gustaba que le diga madre, sobre el altillo de nuestra casa. Me dijo que en el centro había un baúl como centro del altillo, pero no lo debía abrir jamás, ni menos subir al altillo, que quedaba en la mitad del medio del centro del living. Yo le hice caso olvidándome del asunto, aunque cada vez estoy mas seguro que el asunto se olvidó de venir a recordarme que era lo que había inflado mi intriga como un globo de lo que, una vez, como agradecimiento por indicarle el camino correcto, un viajero me regaló; aunque al cabo de un rato retornó el viajero al exacto punto en donde me encontraba, sacándome el globo, y con él, la intriga por aquel altillo.
Una vez, uno de estos viajeros perdidos preguntó por una dirección. Mi abuela le indicó: siga por la misma dos cuadras, ahí, dobla a la derecha tres cuadras más, y luego a la izquierda. El viajero agradeció, y mi abuela reía y junto con ella, yo tomaba chocolatada, escuchando su pícara risa. Mi abuela reía, pero pronto dormía y yo, terminaba mi chocolatada y el hombre no aparecía. Y nunca apareció. Desde esa tarde, algo cambió. La imagen del altillo y el baúl me hicieron prisionero y no pasaba un día en que no me olvide de alimentar la intriga. Mi abuela ya casi no salía a dar indicaciones, la depresión por aquel viajero que pudo sortear el laberinto de calles la terminó de agotar. Y una tarde cerró los ojos. Yo corrí al altillo y encontré el baúl en la mitad del medio del altillo. Al abrirlo, la luz de la calle cegó mis pupilas por un momento. Estaba en el frente de la casa y mi abuela indicaba una dirección a un viajero. Me senté a su lado, dándole sorbitos a la chocolatada. Uno nunca sabe en donde se encuentra hasta que sale de allí, me dijo mi abuela.

sábado, 5 de julio de 2008

LA FILARMONICA


La caja estuvo unas quince horas frente a su puerta hasta que la vio. Leyó la tarjeta y aunque las palabras estaban corridas por la lluvia, pudo leer con claridad el nombre de su madre. Ella había venido de visita hacía una semana y se había quejado del angustioso silencio en el que vivía su hijo, producto de su inalterable y preocupante soledad.
Con ayuda de una palanca de hierro pudo abrir la caja de madera, que triplicaba en ancho y en alto a un hombre común, descubriendo una filarmónica de treinta y cinco músicos y un coro de quince personas. Llamó a su madre para recriminarle que no tenía espacio ni tiempo como para mantener a una filarmónica tan numerosa, aunque le agradeció el gesto, porque seguramente le debió haber salido muy caro y con sutileza le preguntó porque mejor no le compró un grupo de violinistas. Sin embargo, ante un quiebre en la voz de ella, imperceteptible para cualquier, menos para él, le agradeció el regalo y le dijo que en realidad, cuantos más músicos hubiera, mejor.
Hizo pasar a la filarmónica y los ubicó en uno de los cuartos vacíos más alejado de su casa de tres habitaciones. A partir de ese momento, el cuarto mas grande era su habitación, el mas pequeño, su estudio, y en el mediano, había una filarmónica de cincuenta músicos, que ni bien se instaló comenzó a tocar la Rapsodia Húngara de Liszt.
Al principio, aunque una parte suya se amedrentó al ver tanta cantidad de músicos, él estaba encantado. La filarmónica representaba con una perfección asombrosa piezas que iban desde Wagner hasta Beethoven, pasando por Strauss, Grieg y hasta Elgar y Piazzola. La música se volvió parte de su vida, y aquellos músicos parecían leer su alma, ya que cuando se sentía contento y eufórico, la orquesta interpretaba el Himno a la Alegría, o cuando estaba deprimido, se escuchaba Claro de Luna. Hasta en lo momentos de relax, cuando llegaba de su trabajo y se dejaba caer en el sillón verde de living, hundiéndose hasta casi tocar el piso con los muslos, los acordes de Meditación de Thais bailaban en las virtuosas manos de los violinistas. Y también cuando hacía el amor con alguna prostituta rumana, él y la filarmónica llegaban al clímax de la Bodas de Fígaro, fundiéndose en un sentir de euforia y satisfacción con la música de Mozart.
A pesar de que la filarmónica no requería demasiada atención, solo necesitaban comer, dormir, (lo hacían por turnos en aquel cuarto para no dejar de tocar en ningún momento), y de vez en cuando cambiar alguna cuerda o vaciar de saliva algún instrumento de viento, (algo que debía hacerse rápidamente ya que el músico que requería dicho arreglo se ponía a patalear y a chillar rompiendo con la armonía de las obras que interpretaban), a pesar de esto, él empezó a cansarse de la música. Sobre todo cuando la música comenzó a dominar sus emociones. Siempre que la filarmónica representaba Meditación de Thais, él no podía sentir otra cosa que tristeza, o el Himno a la Alegría lo ponía automáticamente feliz, sin motivo para estarlo. Y sentía una erección instantánea en el momento en que la orquesta entonaba Las Bodas de Fígaro.
Luego de tres meses de vivir constantemente con música, algo que no sólo modificaba sus emociones, sino que le impedía hacer otro tipo de cosas, como ver televisión, concentrarse para leer un libro, y demás cuestiones de la vida cotidiana, decidió deshacerse de la orquesta. No pudiendo vender la filarmónica entera, decidió venderla por partes. Del coro se desvinculó rápidamente, donándolo a un orfanato de estatuas bastardas de marfil. Un grupo empresario que tenía como hobby la práctica y representación de entradas pomposas compró la sección de percusión y una buena parte de la sección vientos. Los dos trompetistas que quedaban, junto al músico que interpretaba el oboe, los regaló a la vieja del barrio, para que le hagan compañía mientras confeccionaba los soldaditos de aluminio que vendía en las plazas.
Por ultimo quedaban los violinistas y los celistas. Sabía que eran los mas difíciles de vender ya que un pack de cuatro violinistas, por ejemplo, salen mas caros que toda una sección de viento. Y por si fuera poco, nadie se atrevía a comprar un violinista solo ya que su sonido era considerado como uno de los mas tristes del planeta, y nadie, en esta época, quería mas motivos para deprimirse.
Decidió, entonces, venderlos por Internet, ofreciendo una total cobertura por parte del vendedor de los gastos de envío, si la persona que los solicitaba, residiera en otro país o provincia. Luego de un mes, los nueve celistas que le quedaban los vendió a un holandés errante por una suma mucho menor a la que realmente valían. Y cinco de los violinistas, todos hombres, los transfirió, también por un precio menor al real, a un estudio de Hollywood, especialista en películas melodramáticas ambientadas en la segunda guerra mundial.
Su casa ya volvía a ser la de antes. Por momentos, aquel codiciado silencio asomaba tímidamente por las noches. Sólo quedaban tres violinistas. Dos mujeres y un hombre, que por más que bajaba su precio, no conseguía vender.
Convencido de que no iba a ganar dinero con estos tres, los metió en el coche y los llevó al centro, a la casa de su madre, para devolvérselos. Su madre, que al verlo con los músicos, rompió varios platos y hasta la tetera que su hermana le había traído de sus viajes por la India, finalmente aceptó quedárselos. Aunque se los dejó a Bach, el perro que, después de todo, era el único de los tres que tenía oído musical.