jueves, 18 de marzo de 2010

LA JAULA

Las luces del colectivo número 65 hacia Belgrano resaltaban en la negrura de la calle. Los árboles, que en la oscuridad se veían no porque la imagen chocase con el iris si no porque los conocía, sabía que estaban allí, impávidos, y ese recuerdo se transformaba en sus figuras, creaban sombras dentro de sombras. El ruido a motor crecía, mientras las luces se volvían más nítidas, cambiando esa expansión borrosa sobre sus líneas que crea la distancia.
Ocho pasajeros me recibieron (sin contar al chofer y sus ojeras, que le daban un aspecto lúgubre y antipático). Para algunos, eran las seis de la mañana de un jueves. Para otros, la oscuridad era una continuación de la noche.
El colectivo era moderno. De esos que parecen de plástico. En la mitad, un amplio espacio y en el suelo, un dibujo que indica su función reservada para minusválidos. Los asientos comenzaban de la mitad para atrás. Justo después de la puerta principal de bajada. Eran de dos en dos, separados por un delgado pasillo que desembocaba en otra puerta de bajada, ésta más pequeña. Había, a su vez, otros asientos más cercanos al chofer, que miraban hacia el costado, hacia atrás y hacia delante, como si estuvieran únicamente reservados para policías o vigilantes, cuya función al subir sea la de asegurar un viaje afable y sin contratiempos.
En el primer asiento, justo cuando termina la puerta, un hombre joven dormía apoyando su cabeza en la ventanilla, usando una gruesa bufanda blanca como almohada. El frío matinal se filtraba por los bordes metálicos de las ventanas. Frente a él, en uno de los asientos para vigilantes o policías, otro hombre, calvo y de prominente panza, dormía con los brazos cruzados, apoyando su barbilla sobre el pecho, sin otro abrigo que una remerita azul.
Las únicas despiertas en el colectivo eran cinco mujeres. Con excepción de una señora de pelo negro abundante, vestida con un sweater rosa, que masticaba velozmente, casi sin saborear, un alfajor, y que luego de tragarlo, no sin dificultad ya que el alfajor de maicena vuelve la garganta un desierto, apoyó su cabeza en el vidrio y se unió al grupo de los durmientes. El resto de las mujeres se veían jóvenes y se adivinaban estudiantes. Tres de ellas leían y marcaban sendas fotocopias, mientras que la restante miraba el vacío de las calles al que llenaba con la música de su MP3.
El colectivo no frenó hasta la décima parada, en Juan B. Justo y Muñecas, algo que parecía hacer de forma caprichosa. Una pareja joven subió, cortando el silencio del colectivo con mayor fuerza que la débil música que dejaba escapar el MP3 de la estudiante. Él, que vestía traje gris y corbata azul oscuro, mostraba una expresión acorde con su ropas, y a pesar de que se esforzaba por esbozar alguna sonrisa cuando ella le hacía algún comentario simpático que, para mi gusto, carecía de la suficiente gracia como para ser contado con el entusiasmo que ella le imprimía a sus opiniones, volvía casi al instante a ese rostro más acorde al de una estatua de algún mártir italiano que al de un muchacho. Ella no paraba de hablar, inundando el colectivo con una voz aguda que iba creciendo a medida que las calles se sucedían, largando de tanto en tanto una risotada aguda que hacía voltear en su dirección a las estudiantes, desviando así su atención de las fotocopias, frunciendo el seño, girando la cabeza negativamente, apretando el labio con los dientes y lanzando un suspiro fuerte, que intentaba inútilmente callar a esa mujer. Yo sólo los miré cuando entraron y luego dos veces más, como una respuesta impulsiva a sus carcajadas. Pensé en un pájaro, rosa y amarillo, picoteando el cráneo de una de las estatuas del Parque Rivadavia, abriendo un hueco en la piedra, y anidando dentro, cerca del oído. El pájaro le hablaba a la piedra, criticando a otras aves, enfocándose especialmente en una, un cuervo decía, envidiosa la llamaba. Luego bajaba su voz para subirla de inmediato, inundando el parque con su canto agudo que taladraba los oídos. La estatua escuchaba paciente, sin mover un músculo, salvo practicar alguna mueca en respuesta casi obligada a su risa y acompañar con un leve movimiento afirmativo de cabeza cuando el pájaro le decía que no tenía que hablar con las otras aves, ni dejarlas posarse en su frente.
Cuando se estaban por repetir los temas de conversación entre ellos, la estatua, con gesto adusto le indicó que había que bajarse. Se levantaron. Primero el pájaro, luego él, y caminaron por el pasillo angosto, mientras un cortejo de miradas reprobatorias al principio y de alivio después, los seguía. Él tocó el timbre, suave, pero con intensidad suficiente como para que se escuche. Sin embargo, el colectivo no paró. Ella enseguida gritó y tocó el timbre con insistencia, obteniendo el mismo resultado. Observé a la estatua cambiar por primera vez la expresión, frunciendo el ceño, entrecerrando los ojos. Ella en cambio hizo lo contrario, abrió grandes esos ojos saltones, casi amarillos por la tenue luz del colectivo, y el ángulo de perfil con que la pude ver me regaló una imagen de ella mucho más cercana a un ave que su voz. Enseguida fueron a hablar con el chofer, increpándolo por haberse pasado de parada. El conductor, al principio no les contestó, hasta que soltó un grito que despertó por un momento a los que dormían. Las estudiantes, que habían dejado de leer las fotocopias, prestando más atención a lo que sucedía con la pareja, casi saltan del asiento. A una se le cayó el marcador y casi agazapada para no pasar inadvertida, salió de su asiento, agarró el marcador, y se incorporó a su lugar, todo prácticamente en un solo movimiento. Los durmientes se levantaron, miraron un poco el panorama y volvieron a sus sueños.
La pareja en cambio, retornó a su lugar en silencio. Los dos tenían el mismo gesto, mezcla de sorpresa, asombro y temor. Se sentaron casi mecánicamente, mirando sus zapatos. Luego de un rato, los dos se durmieron.
Nadie subió en el resto del trayecto. Sin embargo, en algunas paradas, caprichosamente y sin que nadie lo indicara, el colectivo frenaba.
Sólo las mujeres pudieron abandonar el barco. Una a una fueron cayendo a la ciudad virgen, dejando la semipenumbra del colectivo. Luego del incidente con la pareja, se miraron, incluso conmigo hubo miradas de asombro, locura. Casi sin hablar decidieron bajarse en donde sea. Primero una que aprovechó uno de los caprichosos frenos del colectivo, sin tocar el timbre, se abalanzó hacia la puerta, y con esfuerzo la abrió manualmente. Me sorprendió la medida desesperada y poco ortodoxa, reprochándola al principio, pero agradeciendo el viento frío que llenó por un momento el colectivo, renovando el aire denso que respirábamos, ya que por costumbre no se abren las ventanillas en invierno.
La huída de la chica inspiró a las otras, que poco a poco fueron dejando el colectivo, para caer en una ciudad desconocida, gris y llena de sombras. Al bajar y caminar unos pasos, las chicas imitaban a los ciegos, andando a tientas, estirando los brazos, tanteando el suelo con los pies. Parecía como si hubiesen decidido caer al vacío de una ciudad que aún se acurrucaba en sus sábanas en vez de viajar con el resto de nosotros a la cocina para hacer el desayuno. Yo prefería las tostadas con manteca, y me acomodé en mi asiento, seguro de que la locura acabaría en la Terminal.
Junto con el chofer, éramos los únicos que pestañábamos. Los dos hombres, la mujer del sweater rosa y la pareja, dormían, incómodos, apoyando sus cabezas en la ventanilla, o sus barbillas en el pecho. Movían la boca para el costado, como si mantuvieran una conversación en los sueños. Y cada tanto, sin abrir los ojos, se estiraban y volvían a la misma posición. Comenzaron a hacer estos movimientos de a poco y casi al mismo tiempo. Parecía una sinfonía silenciosa, donde los cuerpos de estos pasajeros hacían las veces de ejecutantes e instrumentos.
La oscuridad de la ciudad había provocado que no me percate del viaje en absoluto. Al mirar por la ventanilla, con esfuerzo, pude descubrir la Iglesia de Caacupé, aprovechando que el colectivo había frenado en un semáforo. Dudé, pero finalmente me levanté del asiento. Acompañado de una serie de muecas y estiramientos ciegos por parte de los durmientes, fui a preguntarle al chofer como era posible que estemos pasando por la Iglesia de Caacupé si ésta queda dos paradas antes de la parada donde tomé el colectivo. El conductor no se dignó a contestarme. La luz roja del semáforo parecía tener en él un efecto hipnótico, como si fuese la primera luz que veía en mucho tiempo. La observaba fijo, abriendo levemente la boca. Las ojeras del chofer escondían el brillo que se adivinaba en sus ojos, que parecieron abrirse más cuando cambió el rojo por el amarillo, y luego por el verde.
Volví a sentarme, esta vez, mirando hacia la calle. Las luces tenues del colectivo reflejaban el interior de él en el vidrio convirtiéndolo casi en un espejo. Después de un largo tiempo de estar mirando fijo por la ventanilla, la resistencia del reflejo comenzó a ceder y pude observar la calle, negra, vacía. El recorrido de la línea 65 era el correcto, pero lo hacía en círculos. Iba y venía, sin frenar en ninguna terminal.
Me quedé en silencio, mirando los edificios, las calles, los árboles que pasaban de largo, y al cabo de un rato, volvían a repetirse exactos, conformando un paisaje monótono en el cual, sin embargo, descubría detalles nuevos; y pensando cuanto es lo que tardaría para convertirme en una nueva grieta de ese espectáculo gris e invariable. El colectivo seguía su interminable marcha y yo me acurruqué en el asiento. Hacía frío y ya me estaba agarrando sueño.