martes, 29 de diciembre de 2009

SÁMARA PASANDO JUNTO A LA HIERBA

Sixto arrastra los pies sin levantar la vista de la vereda. El amanecer se refleja en su rostro, volviéndolo amarillento. Parecía enfermo. ¿dónde estás Saratina?. Encendedor de mierda ¿Dónde hay un kiosco? Ah. Dame un encendedor y unos chicles para el pibe, dice en voz alta. El encendedor es rosa y se lo queda mirando por un instante mientras buscaba monedas en el bolsillo de su saco, pero no pide otro. Se prende un negro. Chau.
Emboca la llave en el primer intento y mira para los costados con una media sonrisa. Abre la puerta con ímpetu renovado, pero cuando se cierra, el atardecer amarillento en su rostro es preámbulo de la oscuridad del hall del edificio, y vuelve a mirar sus pies. Una hojeada al espejo. Una es suficiente.
La casa huele a humedad y encierro. Las dos únicas ventanas hace tiempo que están cerradas, aunque recién cuando se rompió la correa de la persiana sintió necesidad de luz natural.¿Dónde se metió el pendejo este?
Va al cuarto, se saca los zapatos y se sienta en la cama. Encerrada en el cajón de la mesita de luz está la única foto que queda de Saratina. Ella, sentada en la copa de un cerezo, con un jean gastado y una remera y el pelo color sepia, sonriendo con Luca en brazos y sus dientes, que son lo único blanco que queda en esa imagen.
Va al baño. La camisa abierta. La panza liberada choca con la pileta mientras, con el último resto de ternura se quita el peluquín, lo limpia, le observa las casi inexistentes imperfecciones que sólo encuentran los que guardan su dignidad en un objeto y lo ubica en su lugar. Sixto se mira casi de casualidad en el espejo. Una mirada es suficiente.
Abre la canilla y se lava la cara obsesivamente. Todos los días lo mismo. Cada vez que vuelve, la foto de Saratina parece brillar con más fuerza. ¿culpa de qué?¡Por dios, hace cinco años que estás muerta! La saliva de Sámara sigue siendo espesa y abre la ducha.


Sámara Deseo muere en la hierba con los pies mojados; la colilla de los dedos aspirados es ceniza; Delirio dobla las piernas suda veneno quema los huesos; Sámara Deseo sola en la hierba; Delirio solo en la noche.


Sixto cierra el agua fría y se queda un rato bajo el agua hirviendo de la ducha. Los senos de Sámara, desproporcionadas por el recuerdo, aparecen y desaparecen cada vez que una gota de la ducha toca y salta de su cuerpo. Aparecen otra vez los fierros, el movimiento, los pies pequeños, las tetas gigantes, todo empañado por el agua de la ducha. Sixto recuerda los movimientos de Sámara, su contorno bajo su lengua, sus gemidos. Saratina se cuela de golpe en los recuerdos, su sonrisa en el cuerpo de Sámara. Sixto imagina una Sámara-Saratina, como una diosa griega, parada desnuda en una roca que sobresale de la hierba, mirando al horizonte y él, que la contempla arrodillado. Y explota cuando los ojos de Saratina se clavan en él. Respira con fuerza. Se calma. Perdón.
Cierra la ducha y Saratina-Culpa lo invade de nuevo. Busca un cigarrillo en la cocina. No me deja en paz. Sentado en la mesa de la cocina ve una sombra en el living. Al fin llegó el pendejo este. Se levanta apresurado, pero antes, busca algo con que pegarle. Se decide por una sartén que tiene el fondo quemado. En el living la sombra no está. No hay nadie. Parece ser que nunca haya habido nadie. Una brisa le hiela la nuca, se da vuelta y ve a la sombra dividirse en dos y entrar, una al cuarto, la otra al baño. Deja la sartén en el suelo, abre la puerta y descubre a la Muerte desnuda en la bañadera. Sixto, de frente a la bañadera y de espaldas a la puerta. La Soledad salió del cuarto y se puso detrás de él para hacerle masajes en el cuello.
El cigarrillo se consumió sólo y Sixto paseó de la mano de Saratina por un campo de cerezos.

2 comentarios:

aristideseljusto dijo...

Surrealista, onírico. El hombre solo y sus fantasmas... Eso de la cortina rota que nunca se levanta también me gustó...

Luza dijo...

que problema estar tan ciega y tener que hacer pausa.
Tienes por acá una nueva seguidora. me ha gustado mucho esto.
Te dejo un beso
La Insoportable